El lugar de las imágenes. Colección de arte europeo, siglos XV al XIX

Representar el mundo, tanto como representar ideas, ha supuesto (desde siempre) dar respuesta a una serie de preguntas y problemas. Durante siglos, la cultura europea exploró múltiples posibilidades en lo concerniente a la producción de imágenes: una apasionada búsqueda de soluciones visuales acordes con las inquietudes, creencias y formas de vida de cada momento, así como con los diferentes ambientes en los que dichas creaciones habrían de circular. A partir de allí, toda obra puede entenderse como un lugar. Un lugar desde el cual se piensa y se habla, y con el que se aspira a completar el entorno conocido. Un territorio en el que se contienen determinadas maneras de entender la existencia y los modos de hacer arte. Los lugares de las imágenes remiten, también, a espacios concretos y a experiencias particulares: ámbitos de expresión de conceptos y construcción de discursos. Desde la pintura religiosa hasta el asomo de una nueva visualidad ligada al mundo de lo cotidiano, de los usos retóricos –políticos– del arte oficial, pasando por las prácticas de reivindicación de la imaginación y la libertad creadora: todas las formas de representación constituyen, en suma, el retrato de lo humano y de sus búsquedas. A partir de estas nociones se plantea un recorrido por un conjunto de piezas de arte europeo realizadas entre los siglos XV y XIX, pertenecientes a la colección Fundación Museos Nacionales y en custodia del Museo de Bellas Artes. Cinco siglos de imágenes en los que se pueden apreciar los cambios de sensibilidad que acompañaron el surgimiento de diferentes tradiciones visuales y su expresión en este importante acervo patrimonial.    

1. Lugares simbólicos 
La imagen religiosa tuvo como finalidad principal la enseñanza de la historia sagrada y los dogmas de fe. Para ello, ocupó los espacios colectivos o privados de la devoción católica: el altar, la pared del templo y la capilla personal. Funcionaba en el terreno de lo simbólico, aspiraba a elevar el espíritu y el mundo que mostraba era, literalmente, otro mundo. El uso de figuras rígidas y fondos dorados en alusión a la esfera divina se prolongó aún entrado el siglo XV. La solemnidad de los personajes daría paso, posteriormente, a una paulatina expresión del sentimiento y a modos de representación cada vez más naturalistas, reflejo de una sociedad radicalmente transformada por el Humanismo.

2. Miradas a lo humano 
El siglo XVI vio surgir una espiritualidad cercana y las imágenes mostraron a los personajes divinos en su faceta más humana. Reforma protestante y Contrarreforma católica contribuyeron a popularizar, por un lado, representaciones cuyo mensaje moral se codificaba en temas domésticos; y por otro, escenas religiosas de gran dramatismo. El triunfo de lo cotidiano se expresó en la pintura de género, la naturaleza muerta y las alegorías de los sentidos, con una importante reflexión sobre la fugacidad de la vida. Nuevos tipos de público, como la clase comerciante, ampliaron los espacios de circulación para las imágenes y dieron un empuje sustancial a géneros ya existentes como el retrato.   

3. Mundos ideales 
Invención y razón jugaron un rol importante en el horizonte de los siglos XVIII y XIX. Ciertos géneros –como la veduta y el capricho–, representaban escenas inexistentes procedentes de la mente del artista o construidos a partir de fragmentos de realidad. Fue un momento para imaginar la historia, pues el redescubrimiento de la Antigüedad clásica impulsó la resignificación de sus formas en base a una cierta «idea de pasado». A partir de aquí, la estética de la razón se adaptó a los usos políticos de la imagen palaciega, un género de larga data, e impulsaría la primacía de la pintura de historia como paradigma académico. La creación de mundos ideales con base en la razón acompañaría también la gran transformación cultural europea encarnada por la Ilustración y la Revolución Francesa, así como el surgimiento de una mirada crítica sobre sus propios desaciertos.

4. La imagen trastornada 
El arte de finales del siglo XIX se caracterizó por un progresivo «salirse de lugar», como antesala a los movimientos de vanguardia del siglo XX. Este proceso apostó por la senda de la pura creación, con indagaciones sobre los valores intrínsecos del lenguaje plástico y una paulatina subversión de los modelos imperantes: trazos más expresivos, figuras deformadas y nuevas estructuras compositivas sentaron las bases para una inminente ruptura con el tradicional concepto del arte como imitación. El crecimiento de un mercado liberado de la Iglesia o la Corona contribuyó notablemente a fortalecer una escena artística independiente y pionera en nuevos modos de mirar (y desobedecer) la realidad.   

Rigel García / Dpto. de Investigación MBA 

Lugar de Exhibición

Sala 12

Dirección

Plaza de los Museos, Parque Los Caobos

Fecha

Domingo, Agosto 7, 2016

Horario

Martes a viernes de 9 am a 5 pm y sábados y domingos desde las 10 am